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Lisboa, Portugal

Notas desde Alfama

 

Yo no canto fado, el fado canta en mí.

Amalia Rodrigues

 

Al atardecer, Lisboa se cubre de un tinte rosado que salpica sus casas amontonadas en las siete colinas sobre las que, como Roma, se asienta la ciudad. Después del calor del día, todo en la ciudad parece suspendido y estático en esa luz un tanto irreal. En una de las siete colinas se encuentra el Castelo de São Jorge y, a los pies de éste, el barrio de Alfama, el antiguo barrio árabe que sobrevivió al gran terremoto gracias al terreno accidentado donde se asienta.

Catedral de Lisboa

En Alfama, dejamos atrás el orden y el equilibrio de las calles de Baixa y llegamos a unas callejuelas desordenadas y empinadas –llamadas becos– que esconden uno de los rincones más antiguos de la ciudad. Después de pasar junto a la catedral o Sé de Lisboa, aceptamos perdernos, recorremos ese antiguo barrio de pescadores sin saber realmente dónde vamos a llegar. No es una zona rica y ostentadora de poder como las que hemos visto antes, sino que allí la vida sigue igual que como ha ido transcurriendo desde hace muchos años. Casas apuntaladas con andamios, señoras en delantal, hombres fumando en la ventana, ropa colgada de los balcones, un gato que duerme sobre el calor de los adoquines, macetas en los balcones, el olor de sardinas asadas,… la vida del día a día, nada más. No monumentos históricos sino simplemente la cotidianeidad.

En tabernas de puertas abiertas a la calle se prepara otra noche de fado. Aún es pronto pero los carteles de reclamo ya están en la calle. Pasamos de largo mientras subimos la colina y van apareciendo frente a nosotros los Miradores de Puertas del Sol y de Santa Luzia. La música de un grupo de Cabo Verde acompaña las vistas del barrio de Alfama bajo nuestros pies, desperdigado hasta su encuentro con el omnipresente Tajo que, en ese atardecer, es de color malva. Entre los tejados rojos, algunas iglesias, la impresionante São Vicente de Fora y el Panteón de Santa Engracia, donde entre otros se encuentra enterrada Amalia Rodrigues, la gran diva del fado que murió en 1999.

Vista de São Vicente de Fora y del Panteón de Santa Engracia

Caminamos al ritmo del anochecer y los colores pastel que tiñen la ciudad desaparecen para dejar Alfama en la oscuridad. Las calles por las que hemos pasado antes ahora están más llenas de gente y, sobre el silencio de la noche, se oyen las voces de los fadistas que salen por las ventanas y atraen las miradas hacia los interiores oscuros de las tabernas. En la entrada de uno de los restaurantes, São Miguel d’Alfama, hay una mujer rubia vestida con una falda larga negra, corpiño claro y un mantón sobre los hombros. Resulta ser la dueña, al mismo tiempo es también una de las fadistas, se llama Fátima Moura y resulta ser el mejor reclamo para convencer a la gente que pasa por la calle de entrar a su restaurante. Mi comida me decepciona un poco, es un arroz con marisco pero sabe demasiado a tomate, también resulta al final un poco demasiado cara y he aprendido que, por todo Portugal, el paté de pescado y las aceitunas que te ofrecen como entrante se pagan, así que si no los quieres tienes que ser un poco más rápido que los camareros.

Pero más que a comer, llegamos allí para escuchar fado y mientras todo el mundo come en silencio, mientras los camareros paran su trabajo por respeto al que canta, se van sucediendo rondas de fadistas que cantan a la ciudad de Lisboa, al amor, a las madres, a la juventud perdida y al mismo arte del fado. Canta Fátima Moura, una mujer más mayor con un ritmo más movido, un chico más joven que lo envuelve todo de un aire melancólico, un hombre que acompañada cada canto con un trago de vino y, en tanto, dejan sonar las guitarras…

De vuelta al hotel, se siguen oyendo todavía por los rincones algunas melodías de fado y vuelven a mi cabeza las palabras a medio comprender de Lisboa menina e moça.

 

 

No Castelo ponho um cotovelo
Em Alfama descanso o olhar
E assim desfaço o novelo
De azul e mar

À Ribeira encosto a cabeça
Almofada da cama do Tejo
Com lençóis bordados à pressa
Na cambraia de um beijo

Lisboa menina e moça, menina
Da luz que os meus olhos vêem, tão pura
Teus seios são as colinas, varina
Pregão que me traz à porta, ternura

Cidade a ponto luz bordada
Toalha à beira mar estendida
Lisboa menina e moça, amada
Cidade mulher da minha vida

No Terreiro eu passo por ti
Mas na Graça, eu vejo-te nua
Quando um pombo te olha sorri
És mulher da rua

E no bairro mais alto do sonho
Ponho o fado que soube inventar
Aguardente de vida e medronho
Que me faz cantar

Lisboa menina e moça, menina
Da luz que os meus olhos vêem, tão pura
Teus seios são as colinas, varina
Pregão que me traz à porta, ternura

Cidade a ponto luz bordada
Toalha à beira mar estendida
Lisboa menina e moça, amada
Cidade mulher da minha vida

Lisboa do meu amor, deitada
Cidade por minhas mãos despida
Lisboa menina e moça, amada
Cidade mulher da minha vida.

 

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  1. Pingback: Notas desde la zona de Baixa en Lisboa « Notas desde algún lugar - 19 septiembre, 2011

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