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Portugal, Sintra

Notas desde Sintra: Parque da Pena y Castelo dos Mouros

 

Nunca contemplé una vista que destruyese completamente el deseo de viajar. Si hubiese nacido en Sintra, creo que nada me tentaría a abandonar sus deliciosas sombras y a atravesar la terrible aridez que las separa del mundo.

Robert Southey

 

Una vez fuera del Palacio da Pena y con la intención de ir acercándonos al Castelo dos Mouros, descubrimos que el parque que rodea el palacio es más grande de lo que parece y el plano que nos han dado en la entrada dice que podríamos perdernos varias cosas interesantes si lo evitamos.

Así que decidimos perdernos por los caminos del bosque y dejar el castillo para más tarde. Lo primero con lo que nos encontramos es una gran explanada llamada El Picadero, allí se realizaban ejercicios de equitación y también se llegó a jugar algún que otro partido de tenis. Cerca, hay una capilla escondida entre los árboles y la vegetación, en un lugar en el que el bosque se ha hecho más profundo y denso.

Templetes con formas clásicas. La figura del rey que, con su armadura, domina el parque desde unas rocas y contempla las formas extraordinarias de su palacio en la lejanía, “la figura del guerrero” como llaman a la escultura. Nos dirigimos hacia la Cruz Alta que se encuentra en una posición más alta aún que la del guerrero, a 528 metros de altura dominándolo todo en el punto más alto de la Sierra de Sintra. La cruz fue construida en 1997 pero, en ese lugar, han existido distintas cruces desde el siglo XVI. En lo alto de la peña, después de escalar las rocas y buscar un poco de espacio para mantenernos en pie, las vistas sobre las copas de los árboles bien valen el esfuerzo y, frente a nosotros, recortado sobre el azul del cielo, se alza el Palacio da Pena ligero y un tanto irreal.

Al bajar, nos internamos por caminos secundarios y dejamos la calzada principal. En esa oscuridad del bosque nos da la sensación de estar solos, hemos dejado a la gente en los alrededores del palacio y somos muy pocos los que empleamos un poco de nuestro tiempo en el descubrimiento del parque. El llamado Trono de la Reina, el Lago de la Concha, el Helechal de la Reina, la Fuente de los Pajaritos, los lagos que albergan patos y cisnes con sus enormes refugios para los animales… todo un parque privado hecho para el disfrute de la monarquía. Lugares en los que comer al aire libre y observar a aves y peces, la mezcla de distintos tipos de vegetación en las zonas húmedas cubiertas por helechos, la fuente con decoraciones islámicas,… el parque,  como el palacio, es también una mezcla de estilos y de propósitos que dejan al visitante con la boca abierta.

A pesar de estar agotados, continuamos nuestro camino hacia el Castelo dos Mouros, el castillo que se construyó en el siglo IX en plena ocupación árabe, y nos resulta extraño llegar hasta él después de haberlo visto desde las alturas del Palacio da Pena. Ahora ya no nos encontramos frente a edificios multicolores pero, aún así, las ruinas son impresionantes. Lo que queda del castillo es una mezcla de la construcción original, lo que se reconstruyó tras la Reconquista por Don Alfonso Enriques en 1147 y lo que, como en otros lugares de Europa, se restauró y mantuvo como ruina romántica durante los tiempos del Romanticismo, en el siglo XIX.

En lo alto del promontorio, el castillo domina todo el valle y controla todo lo que nuestra vista ve bajo nuestros pies hasta que nuestros ojos llegan al Atlántico. La línea de sus muros se adapta al terreno y, en algunos tramos, parece casi como una serpiente que se arrastra sobre la montaña. Subimos y bajamos por la cadena interior de las murallas, deteniéndonos en alguna de las cinco torres de control, en una de ellas se iza una bandera verde con el nombre árabe de la ciudad: Cintra, aunque el verdadero origen sea celta, Cynthia, que significa luna.

El atardecer nos sorprende en el castillo y pone fin a un día extenuante, debemos partir pero sabemos que Sintra no se acaba aquí, que cuando otro día decidamos volver aún mantendrá su capacidad para sorprendernos. El Palacio de Monserrate, el Palacio Nacional, el Convento de los Capuchinos,… nos quedan aún tantas cosas por ver que sólo podemos pensar en poder volver algún día.

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